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Cómo funciona el régimen teocrático de Irán y por qué sus estructuras de poder siguen incólumes

Cómo es el régimen teocrático de Irán y por qué sus estructuras de poder parecen seguir intactas

Tras ocho días de conflicto bélico, Irán designó a su nuevo guía supremo.

Mojtaba Jamenei releva a su progenitor, el ayatolá Alí Jamenei, fallecido durante los ataques simultáneos de Estados Unidos e Israel contra territorio persa el sábado 28 de febrero.

El flamante titular concentrará poder absoluto y se erigirá en referente político y religioso de la nación que su padre gobernó durante casi 40 años.

En su investidura, controlará un país donde la fe regula la política y casi cada aspecto de la existencia cotidiana de sus habitantes.

Con la elección del hijo de Jamenei se abre un capítulo en el que el régimen parece mantenerse intacto, aunque aún resulta temprano para dimensionar el alcance de este enfrentamiento y sus repercusiones.

Sin embargo, Irán no siempre vivió bajo una teocracia, donde la soberanía última se atribuye a Dios y la ejercen líderes religiosos.

Su solidez se explica por razones históricas y teológicas, pero también por factores políticos.

Su habilidad para reforzar el entramado institucional que sostiene al sistema ha sido crucial para su supervivencia, al igual que su apuesta constante por impedir el surgimiento de disidencia, coinciden varios analistas en conversación con BBC Mundo.

El guía todopoderoso

La teocracia iraní es única.

Es un Estado con parlamento y presidente electos por sufragio, pero donde todo el poder se concentra en una figura: el líder supremo.

Su autoridad carece de contrapesos reales.

Puede vetar e influir de forma decisiva en las principales políticas públicas y, además de jefe de Estado, es la máxima autoridad política y religiosa.

Actúa como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y todos los nombramientos militares de alto rango dependen de su voluntad.

También designa al presidente del poder judicial y al director de la radio y televisión estatal, que mantiene el monopolio de la comunicación audiovisual.

“Es como tener un rey, pero un monarca religioso”, resume el periodista senior del Servicio Persa de la BBC Siavash Ardalan.

El Consejo de Guardianes y la Asamblea de Expertos constituyen los otros pilares del sistema teocrático.

El primero revisa la legislación parlamentaria: toda ley aprobada por el Majlis requiere su visto bueno para entrar en vigor.

“El Consejo actúa como filtro en los procesos electorales, evaluando a todos los candidatos para elecciones parlamentarias, presidenciales y de la propia Asamblea de Expertos”, explica Naser Ghobadzadeh, experto en teología política islámica y profesor asociado de Política y Relaciones Internacionales en la American University de Bulgaria.

La Asamblea de Expertos, que eligió a Mojtaba Jamenei, es un órgano de 88 miembros elegidos por voto popular.

Sin embargo, todos deben ser hombres y poseer el rango de mojtahed, por lo que está compuesta exclusivamente por clérigos.

Entre sus funciones figura elegir al máximo líder y supervisar su gestión, aunque esta última no se ejerce en la práctica.

El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) es también esencial para la protección del régimen teocrático.

Fue creada como ejército paralelo tras la revolución para defenderla y se ha mantenido leal al sistema.

La influencia de la teocracia iraní trasciende el entramado institucional.

Se percibe en las calles, donde las mujeres están obligadas a usar el hiyab y, si no cumplen las normas impuestas por el ayatolá, la policía de la moral puede detenerlas.

Como le ocurrió a Mahsa Amini, la joven kurda de 22 años que murió en manos de ese cuerpo tras ser arrestada en 2022, provocando protestas masivas.

El camino hacia la teocracia

Antes de la revolución de 1979, cuando se instauró el régimen de los ayatolás, Irán era una monarquía donde el clero tenía poder limitado.

La sublevación contra el sha Mohammad Reza Pahlavi reunió a sectores diversos.

La modernización autoritaria que impulsó fue vista por el mundo islámico como una sumisión a Occidente, especialmente a Estados Unidos.

Aunque al principio no fue una revolución exclusivamente religiosa, la consolidación del liderazgo del ayatolá Ruhollah Jomeini fue clave para instalar la teocracia.

Fue el carismático y erudito líder quien, desde el exilio, promovió la idea que hoy está en el centro del régimen: que el clero debía ejercer tutela directa sobre el poder político.

Se trató de una reinterpretación radical del concepto de velayat-e faqih o tutela del jurista islámico, que rompió con la lectura tradicional del mundo chiita, rama oficial desde la dinastía safávida en el siglo XVI.

Hasta entonces, los chiitas entendían ese principio como una influencia clerical en la vida pública, no como una participación directa en el gobierno.

La doctrina original proviene de una creencia chiita: los sucesores de Mahoma son doce imanes con autoridad para interpretar el islam.

El duodécimo no murió, sino que entró en ocultación y regresará para instaurar el orden justo.

Durante siglos, muchos clérigos sostuvieron que, mientras el líder espiritual esté oculto, ningún político puede arrogarse legitimidad plena en su nombre.

Con el paso del tiempo, se consolidó la idea de que un erudito en jurisprudencia islámica podía administrar los asuntos de la comunidad.

“El islam chiita nunca fue apolítico… Lo que evitó históricamente fue la toma directa de las instituciones estatales”, explica Ghobadzadeh.

Bajo esa base, poder político y religioso en Irán permanecieron vinculados, aunque relativamente separados.

Hasta que Ruhollah Jomeini llevó el velayat-e faqih a otro nivel.

“Jomeini rompió con esa tradición”, subraya Ghobadzadeh.

“Argumentó que, dada la prolongada ocultación y la dimensión socio-política de la ley islámica, los clérigos no solo podían, sino que debían gobernar en nombre del imán ausente”.

Ante la creciente impopularidad del sha, y aunque el clero estaba dividido, el clima antimonárquico favoreció su idea.

Tras la caída de la monarquía, los iraníes aprobaron en referéndum la República Islámica basada en esa interpretación, con Jomeini como primer líder supremo.

La roca institucional

Los expertos coinciden en que la supremacía constitucional de las instituciones del régimen, y los amplios poderes del líder supremo, fueron fundamentales para su consolidación.

La religión y la imagen de incorruptibilidad del clero tras la revolución jugaron un papel decisivo.

“En los años siguientes, esa popularidad se tradujo, mediante elecciones, en un dominio casi incontestado de las instituciones en formación”, dice Ghobadzadeh.

Recuerda que los comicios para la Asamblea de Expertos constituyente fueron ilustrativos: a pesar de ser competitivos, la mayoría de los escaños quedó en manos de clérigos.

Luego usaron esa mayoría con habilidad y, cuando decayó su popularidad, no perdieron su posición.

“La Constitución que redactaron garantizó que su dominio institucional sobreviviera incluso a la pérdida de prestigio público. La opinión cambió, pero la arquitectura del poder no”, añade.

“Tanto Jomeini como Jamenei explotaron al máximo esas prerrogativas y, en muchas ocasiones, fueron más allá de sus amplias atribuciones para asegurar la supervivencia del sistema”.

El factor externo

También factores externos permitieron al régimen afianzarse.

Poco después de la revolución, el Irak de Saddam Hussein declaró la guerra a Irán.

El conflicto, que duró casi ocho años, fue aprovechado por Jomeini para consolidar el nuevo orden y solidificar sus estructuras.

La narrativa del régimen enmarcó la contienda como una “defensa sagrada”, lo que políticamente sirvió para silenciar a la oposición.

Tras la muerte de Jomeini en 1989 y el ascenso de Alí Jamenei, el sistema profundizó su omnipresencia.

Durante su gestión, la institucionalidad teocrática se expandió ampliamente.

Si con Jomeini la oficina del líder supremo era relativamente pequeña, bajo Jamenei creció de forma exponencial.

Eso le permitió, tras el surgimiento del reformismo dentro del propio establishment, desmantelar esa oposición por diversas vías.

“El régimen marginó a todos los grupos opositores desde el inicio”, explica Siavash Ardalan.

“La revolución triunfó con nacionalistas, comunistas, socialistas y socialdemócratas, pero cuando los religiosos formaron gobierno, expulsaron a los demás.

“Luego surgieron divisiones internas: unos se volvieron duros y otros moderados o reformistas. Y nuevamente, los sectores duros los expulsaron.

“Ha sido un proceso de radicalización y eliminación de opositores”.

Pero el autoritarismo también se desplegó en las calles.

Un ejemplo fue la represión a las protestas de enero de 2026, cuando, según estimaciones, murieron miles de iraníes que protestaban por la crisis económica en un país de casi 90 millones de habitantes.

¿Por qué permanece en pie?

El entramado institucional que el régimen fortaleció durante décadas y usó como arma para perpetuarse no es el único factor que explica su resistencia al colapso.

También lo es la ausencia de una alternativa clara.

“Uno de los logros más importantes de la República Islámica ha sido la supresión sistemática de cualquier alternativa viable”, dice Ghobadzadeh.

“La oposición —especialmente la del exilio— no ha producido una figura ni un movimiento capaz de aglutinar apoyo popular dentro de Irán”.

La única figura prominente es el hijo del sha, el príncipe Reza Pahlavi.

Aunque ha ganado visibilidad entre la diáspora y algunos sectores internos, no está claro si podría reunir respaldo suficiente.

En contraste con la pérdida de respaldo popular del régimen, expertos advierten sobre un amplio grupo de iraníes con intereses económicos en su continuidad.

Pero ha pasado poco más de una semana desde el inicio del conflicto y los analistas coinciden en que es demasiado pronto para saber si el sistema podrá mantener su equilibrio a largo plazo.

En eso, la guerra será decisiva.

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